Era increíble el espacio que ella ocupaba en su vida. Más allá de su triste manía por leerla una y otra vez hasta el hartazgo, día tras día, ella estaba hasta en sus libros sobre la mesita de luz, hasta en sus lápices negros y sus hojas blancas, hasta en las ondas color chocolate de su pelo y hasta en el arrebatador sabor de un bombón. No importaba cuán lejana era la historia que viviera, cuán distinto era un retrato al rostro de ella: simplemente allí la veía y aquí la sentía. Pasaban las semanas y se desgarraba el recuerdo de los minutos a su lado al escurrirse éstos por entre los torpes dedos del tiempo, pero sus palabras resonaban en la fría habitación en un eco insoportable y deliciosamente infinito, y sus labios murmuraban y besaban y su cuello pálido palpitaba en la boca también de noche, porque a veces soñaba con ella. A veces tomaba la forma de una araña enorme, a veces aparecía dibujada en todo su esplendor. Y por lo general no hablaba, sólo se movía con esos singulares movimientos que parecían tan forzados y naturales a la vez, como si no existiese nada más normal y llevadero y placentero, pero requiriesen un esfuerzo irracionalmente grande, una disciplina ridículamente estricta.
Pero la sorpresa no existía; era increíble pero predecible. Y tal vez ella estaba hasta en sus pupilas, hasta en sus propia voz, y todo el mundo allí al encontraba, porque a veces no se podía decir si actuaba como su propia persona o como ella. Tal vez ocupaba un espacio tan grande en su vida porque ella era quien era, ya fuera porque la había hecho propia o porque nunca se había tratado de dos personas distintas en realidad. O tal vez ella estaba tratando de escaparse y por eso se plasmaba en todos lados: porque sólo ansiaba salir de su interior, sólo quería huir, sólo luchaba por alejarse.

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