Hace dos años te escribí una carta con las palabras de admiración y reconocimiento que nunca pude soñar con decirte. A las lágrimas que me costó escribirla se le sumaron las lágrimas de cada vez que la releí, porque también lloré todos los días que casi te la doy y me flanquearon las fuerzas en el llanto absurdo.
Creo que hace un par de meses la encontré, todavía cerrada en mi cajón, y por alguna bronca sin blanco la rompí y tiré.
Hoy te escribo con
amargura y
sarcasmo para felicitarte. Tantas cualidades para admirar
y te quedaste con lo peor para ser. Hoy te escribo para explicarte lo que está pasando:
estás tomando de tu propia medicina.
Esto hiciste. Esto
criaste. ¡Esto
hiciste!
Y yo me dejé hacer. Y la obra superó al artista.
Soy la consumación perfecta de tus aspiraciones. Soy exactamente lo que pretendías que fuera.
Así que
aguantalo.
Aguantá que hable con tanta firmeza
y que pueda mirarte a los ojos sin alzar la cabeza.
Aguantá que piense más lejos
de lo que ves
y de lo que te atreverías a ver.
Aguantá que sea tan despiadada
y que entienda que el fin justifica los medios.
Aguantá que sea tan estricta.
Aguantá el que no me conforme
ni me conformes.
Aguantá que sea tan infeliz.
Aguantá que sea tan condenadamente exitosa.
Aguantá cuando no tenga ganas de explicar
por no querer desperdiciar aliento.
Aguantá que no puedas entender
al ser inviolablemente hermética.
Aguantá que mi objetivo esté tan definido
y que nada me distraiga en el camino.
Aguantá mi impaciencia por irme
para así mostrarme capaz de aguantarme.
Aguantá que mi frialdad pueda ser infinita.
Aguantá que retruque todo,
aguantá que incluso te retruque a vos.
Aguantá que todo eso me parezca válido.
Y aguantá que sea tan insoportablemente racional
que en todo esto tenga razón.